La realidad no es lo que queremos ver

2019 Editorial
Por Mario Monrós, Socio Director de TACTIO España

Uno de los factores desencadenantes del éxito o fracaso empresarial reside en cómo decidir lo mejor en cada momento ante la diversidad de circunstancias que nos envuelven.

En principio, para poder alcanzar unos objetivos empresariales bastaría con seguir un buen plan estratégico, aplicando un óptimo management, las mejores recetas tecnológicas y unas tácticas operacionales de vanguardia. De este modo, nuestras empresas “deberían” tener el horizonte despejado para caminar hacia el éxito. Sin embargo, la realidad demuestra que dirigir una empresa es algo mucho más complejo.

Se parece a una partida de ajedrez, en la que tu tiempo de reacción empieza a partir del último movimiento que realiza el rival. Tras cada jugada del contrincante, tenemos que volver a analizar todo el tablero, las posibilidades de que nos hayan ganado terreno y las oportunidades para mejorar nuestra situación.

Nada es susceptible de ser planificado al 100% y menos en el entorno de una empresa, en la que continuamente aparecen imprevistos. Evidentemente, se necesita tener un rumbo y un producto en condiciones de competir; pero dirigir bien requiere algo más que técnica, tecnología, medios o mucha formación.

Nunca tendremos todos los elementos dispuestos de manera ordenada y a favor de nuestros intereses. El medio en el que compite una empresa está vivo, es cambiante y se encuentra sometido a muchas fuerzas transversales que lo alteran de manera continua.

Esta realidad variable provoca siempre percepciones diversas entre las personas y, por eso, es tan importante que la dirección se sostenga en un equipo humano muy bien compenetrado, donde se valore de manera sincera y abierta cada aportación y se acepte la crítica.

Y, si se trata de enfrentarse a unos objetivos exigentes, nada mejor que empezar con una decisión preventiva: integrar en el equipo a alguien externo que garantice una visión disruptiva, que tenga experiencia en propósitos análogos y que se implique.

Sumemos talento a nuestra propia experiencia y conocimiento de nuestras fortalezas. Y siempre bajo una premisa clásica: el secreto del cambio está en no enfocar (demasiada) energía en combatir lo viejo, sino en construir lo nuevo.

 

 



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